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Ensayo

La caída perfecta IV

La naturaleza del Edén, el papel de la muerte y la libertad humana

El abismo del conocimiento del bien y del mal

Hay una pregunta que este ensayo ha bordeado sin formularla directamente y que en esta última parte merece ser nombrada sin eufemismos, porque es la que la mayoría de los lectores habrán sentido crecer en su interior a lo largo de la lectura. La pregunta es esta:

¿Y si todo esto es una construcción, producto de nuestra imaginación? ¿Y si el Dios estratega, el plan maestro, la caída diseñada, la muerte como instrumento de maduración, todo este edificio conceptual, no es más que un delirio colectivo, una respuesta elaborada que la mente humana ha producido ante el horror de que en realidad no haya un propósito, un Dios, un plan, y que todo sea casualidad y azar cósmico?

La pregunta es legítima, y merece una respuesta que no la aplaste con certeza prestada ni la disuelva con escepticismo fácil. Puede ser que todo esto sea construcción, sí. Pero puede ser también, con igual honestidad intelectual, que lo que tengamos sea una idea vaga, fragmentaria e incompleta de algo real: algo cuya complejidad excede lo que una conciencia finita y temporalmente situada puede procesar sin distorsión.

La coherencia interna de un sistema no prueba su verdad. Pero tampoco la refuta. Prueba que la realidad que intenta describir tiene, al menos, esa forma posible.

El apóstol Pablo lo formuló con las palabras de quien ha pensado el problema hasta su límite: “Ahora vemos como en un espejo, borrosamente, pero más adelante veremos cara a cara”. Lo que Pablo describía no era la ignorancia como defecto a corregir, sino como la inevitable condición estructural del ser que existe dentro del tiempo.

Hay cosas que parecen confusas o contradictorias no porque la realidad sea confusa, sino porque el instrumento con que la miramos tiene una resolución limitada. La parcialidad del conocimiento humano no autoriza ni la certeza de que todo tiene sentido ni la certeza de que nada lo tiene. Ambas son conclusiones que exceden lo que la evidencia disponible desde dentro del tiempo puede sostener.

La actitud de quien se acerca a estas ideas debe ser la de alguien reflexivo y equilibrado: una persona que no acepta ni rechaza argumentos por dogmas o prejuicios, sino que piensa con rigor y reconoce sus límites sin usarlos como excusa.

Es la actitud de quien, arrojado al conocimiento del bien y del mal, sin manual, sin aviso y contra su voluntad, aprende a discernir y a construirse por dentro a través del error y del acierto. La única libertad inmediata que posee es la de pensar y decidir qué hacer con lo que es. No eligió las condiciones de su existencia, pero sí puede elegir cómo responder a ellas.

Es también la actitud de quien entiende que el tablero fue dispuesto por otro, llámese Dios, destino, universo o necesidad. Hay condiciones, límites y circunstancias que no controlamos. Pero eso no nos libera del peso de mover nuestras piezas con responsabilidad.

El relato del Génesis, leído sin el velo de la culpa institucionalizada y sin el consuelo de la interpretación que lo domestica, termina con una imagen que la tradición ha leído siempre como castigo y que merece ser leída también como umbral:

El ser humano que sale del jardín no pierde su relación con Dios: el texto no lo describe como abandonado, sino como enviado. No pierde su dignidad; el texto no dice que se convierte en inherentemente malvado por conocer el mal, ni en inherentemente bueno por conocer el bien. Lo que gana es precisamente lo que el plan requería que ganara: la conciencia de lo que es y de lo que puede hacer, la libertad que esa conciencia hace posible y la responsabilidad que esa libertad impone.

El pudor que sigue al conocimiento del bien y del mal no es, como se nos ha enseñado, la marca de la vergüenza. Es la marca de la interioridad. El ser que no se sabe desnudo es el ser que no se distingue todavía del entorno, que no tiene un dentro separado de un afuera.

En el momento en que Adán y Eva se cubren, afirman algo de una profundidad filosófica extraordinaria: que existen como individuos, que hay algo en ellos que les pertenece solo a ellos. El pudor es el nacimiento del espacio interior. Y el espacio interior es la condición previa de todo lo que la humanidad ha producido que merece el nombre de espíritu: el arte, la filosofía, la conciencia moral, el amor que no es mero instinto.

El Dios que pregunta “¿Dónde estás?” no está buscando a un fugitivo ni formulando una pregunta retórica de ubicación geográfica. Es, más bien, una pregunta sobre el estado del ser: “¿Dónde estás existencialmente?, ¿quién eres ahora?”.

Y la expulsión que sigue no es el cierre de una historia que pudo haber sido mejor, sino la apertura de la única historia que podía desplegarse según el plan concebido.

Si este argumento es correcto, estamos todavía en ese proceso. La humanidad, vista desde la escala del plan que hemos examinado, no está al final de su recorrido, sino en algún punto del trayecto: ya no somos los seres satisfechos del jardín, pero todavía no somos los seres trascendentales que el destino prometido describe. Estamos en el mientras tanto, que es el único tiempo que genuinamente tenemos, el único en que la elección es posible y en que, por tanto, la grandeza puede ocurrir.

Empujado al abismo del conocimiento del bien y del mal, el ser humano descubre, no sin dolor, que la caída nunca fue un descenso. Fue una caída hacia dentro: hacia la hondura de sí, hacia ese núcleo interior donde la conciencia despierta, donde la inocencia se rompe y comienza la ardua tarea de llegar a ser. Ahí nace el drama y la dignidad del hombre. Porque ya no vive sostenido por una pureza inconsciente, sino arrojado a la difícil grandeza de elegir sabiéndose limitado. Ya no habita la eternidad como quien no sabe perderla, sino que atraviesa el tiempo como quien debe merecer, en cada acto, una forma más alta de ser.

El retorno que la tradición escatológica promete no es un regreso al estado primero. No se vuelve a la eternidad retrocediendo hacia la inocencia original, sino atravesando la experiencia del límite, del dolor, de la culpa, de la libertad y de la responsabilidad.

El destino último del hombre no sería entonces recuperar la eternidad de un infante espiritual, ajeno aún al precio de sus actos, incapaz de virtud porque incapaz de elección genuina, sino alcanzar otra eternidad: la de un ser que, habiendo conocido la finitud, el riesgo y la fractura, supo ejercer dentro de su condición mortal la estatura de lo inmortal.